Aulas desiertas por el coronavirus en Koulikoro (Mali)

Janeth Aguirre. Foto: Manos Unidas
Janeth Aguirre
Koulikoro. Mali

Misionera colombiana en Koulikoró, sur de Mali, donde gestiona una decena de proyectos, la mayoría centrados en mujeres.

Aguirre es invitada especial de la campaña de este año de Manos Unidas: "Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú"

Lo veíamos venir pero nos resistimos por ellas.

Ayer en la mañana la formadora, Mme. Maimounatou Yattara, una mujer increíble que mueve masas y alimenta los cerebros de la población femenina que tenemos en nuestras manos, hace sonar la campana de alarma que resquebraja los rostros de cientos de mujeres y de niños con quienes trabajamos.

La santé d’abord ma soeur, le gouvernement a parlé, malgré la non-apparition des cas de Covid-19 sur notre territoire national, il faut suivre le decret national ”. (Salud primero mi hermana, el gobierno ha hablado, a pesar de la no aparición de los casos de Covid-19 en nuestro territorio nacional, debemos seguir el decreto nacional)

Un grito de protesta. Se alzó una voz entre las mujeres:

Nosotras estamos sanas y queremos formarnos, que no nos quiten el derecho al conocimiento, a tomar en nuestras manos el destino de nuestros hijos, por favor hermana…

Qué difícil, ¿cómo atender la voz de las mujeres en una sala abarrotada de esperanzas y sueños por realizar? ¿pero cómo hacer oídos sordos a las políticas de prevención del Ministerio de Salud ante una crisis mundial?

Hasta en los más escondidos rincones de nuestro planeta, nuestras mujeres sospechan que hay algo raro detrás de todo esto (lo han dicho ellas), mujeres que no saben leer ni escribir, que no han ido al colegio y que saben que los destinos del mundo son dirigidos por unos cuantos.

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La alegría del encuentro del día anterior y las ganas de organizarse en asociaciones para alcanzar apoyo del gobierno en sus procesos de desarrollo local se vieron ensombrecidas por las palabras de la Hermana: “Hemos de parar por unas semanas”. Al tiempo, una de las mujeres solicitó el micrófono y empezó a cantar en su lengua. A mí  se me saltaron las lágrimas porque aunque no lo comprendía todo decía algo así como:

Hemos caminado mucho, hemos luchado mucho para salir adelante y hacer que nuestras vidas sean diferentes para nosotras y para nuestros hijos. Esperar un poco no significa que la esperanza se acabe, esperaremos y continuaremos. Junto a ustedes hermanas, hemos abierto los ojos a cosas nuevas, nuestros hijos están más sanos, nuestros maridos nos valoran, nos vestimos mejor, comemos mejor, esperaremos y continuaremos

Al final esto se convirtió en una fiestecilla que levantó los ánimos, y a mí personalmente me faltó un pañuelo kleenex para reconocer ante Dios y ante este mar de mujeres que algo está aconteciendo y que pasado este momento de crisis, algo muy grande saldrá a flote.

Por eso necesitamos continuar trabajando y alimentando la esperanza de la gente. Hoy las salas de formación están desiertas. El Centro Madre Bernarda, el Centro Profesional Ana Coulibaly y las actividades de nutrición en pausa, solo en pausa, porque los teléfonos no paran de sonar.

Aquí no tenemos medios para teleconferencias, pero tenemos teléfonos y algo muy poderoso en el corazón: ¡La esperanza!

Desde casa y desde las oficinas seguimos monitoreando los proyectos que no paran; la atención a las mujeres; el control de crecimiento de los niños, apoyándonos en el personal sanitario de los pueblos y en el coraje de nuestros equipos de gestión. Los niños de las escuelas llegaron hoy a la biblioteca del Centro Madre Bernarda, no sé yo la Hermana Gladys lo que les habrá dicho, solo sé que han regresado tristes a sus casas.

Que encontremos rápido el remedio para vacunarnos y salir de esta crisis mundial, los pequeños necesitan seguir creciendo.

Un fuerte abrazo desde Koulikoro

Janeth

Manos Unidas ante el coronavirus

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