Valoración de Manos Unidas tras la COP30.
Por Marco Gordillo, Coordinador de Incidencia de Manos Unidas.
Del 10 al 22 de noviembre tuvo lugar en la ciudad amazónica de Belém la COP30 de cambio climático. Manos Unidas acompaña estas negociaciones con interés desde hace años, porque sabemos que el grito de los pobres y el de la naturaleza es uno solo, como nos recuerda Laudato Si’. Igual que sabemos, por nuestro trabajo en más de 60 países del Sur, que el cambio climático golpea cada vez más a las comunidades y los pueblos más vulnerables, aquellos que, siendo los menos responsables de la emisión de gases de efecto invernadero, sufren más el impacto de estos cambios y tienen menos recursos para afrontar sus consecuencias. Por eso trabajamos en pro de la justicia climática.
Las negociaciones climáticas giran siempre en torno a dos cuestiones relevantes: cómo disminuir los gases de efecto invernadero, que son la causa del calentamiento global; y cómo adaptarnos a los cambios climáticos y reforzar nuestra capacidad de resiliencia ante su presencia, cada vez más frecuente e intensa.
Sobre la primera cuestión no ha habido avances sustanciales en la COP30. Se ha constatado nuevamente que hay una gran brecha entre los esfuerzos de mitigación que están haciendo el conjunto de los países y el objetivo acordado en París en 2015, de no superar en más de 1,5ºC la temperatura global para finales de este siglo. Con los planes actuales de mitigación, llegaríamos a una temperatura media de 2,6ºC, muy lejos todavía del objetivo. Pero en la COP30 no se avanzó mucho más. Y volvieron a aparecer los bloqueos para incluso nombrar el origen del problema: los combustibles fósiles. En 30 años de negociaciones, en ninguna COP se ha conseguido acordar la eliminación de los combustibles fósiles. Y con eufemismo se habla de “transitar” hacia el “cero de emisiones netas” (balance cero entre lo que emitimos y lo que absorbemos).
Pero hay que señalar un motivo de esperanza. Varios países de diversas partes del mundo han decidido reunirse en Colombia, en abril de 2026, para hablar por primera vez de una hoja de ruta hacia un mundo sin combustibles fósiles. Se hará fuera del circuito oficial de las COPs. Pero es una buena noticia.
Sobre la segunda cuestión, la adaptación, el tema realmente importante y necesario era el de la financiación. En el Acuerdo de París, art. 9.1, los países desarrollados se comprometieron a aportar los recursos necesarios a los países en desarrollo, para que estos puedan realizar con éxito sus procesos de mitigación y de adaptación. Es una cuestión central, en la que se reconoce que buena parte del problema actual del cambio climático ha sido generado por la gran cantidad de gases de efecto invernadero de los países ricos desde mediados del siglo XIX. Se habla por tanto de “deuda ecológica” (lo recordaba el Papa Francisco en Laudato Deum), de justicia climática y del principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” que desde su inicio ha formado parte de las COPs.
Pues bien, en la COP30 se ha tomado la decisión de triplicar para 2035 la financiación actual, pasando de 100 mil a 300 mil millones de dólares al año. Parece una buena noticia. Sin embargo, la propia declaración final reconoce que los recursos necesarios para afrontar todos los desafíos generados por el cambio climático serían de 1,2 billones de dólares anuales, cuatro veces más de lo aprobado. Además, se retrasa en 5 años la disponibilidad de la cantidad aprobada. Y no hay compromisos concretos de aportación individual de cada uno de los países desarrollados que forman parte del Acuerdo.
Pero el motivo que ha llenado de esperanza el final de la COP30 ha sido la aprobación de un mecanismo para garantizar una “transición justa” para todas las personas en cualquier lugar del planeta. Era una demanda histórica, liderada desde hace años por los sindicatos, quienes reclamaban que, ante la inminente transición de los combustibles fósiles a una economía basada en energías limpias, habría que preservar los derechos de los trabajadores y sus condiciones laborales.
Con los años, la “transición justa” se ha ido redimensionando. “Transición justa” significa también garantizar que todo el mundo tenga acceso a las energías limpias. Significa también cuidar y preservar los derechos de los pueblos indígenas y de sus territorios, amenazados por la deforestación, la minería de los llamados “minerales de transición” y los propios efectos del cambio climático, afectando al conjunto de sus ecosistemas. Significa “transitar” respetando y haciendo respetar los derechos humanos de todas las personas, garantizar el derecho a un medio ambiente limpio, saludable y sostenible, el derecho a la salud, el respeto a las comunidades locales y especialmente a las personas en situación de vulnerabilidad, etc.
El reconocimiento de los países de la necesidad de una transición justa para todos abre nuevos caminos de solidaridad, pone a las personas en el centro, refuerza el enfoque de derechos, pone en valor el papel indispensable de los pueblos indígenas y su sabiduría ancestral en el cuidado de la casa común, alerta sobre cualquier acción o emprendimiento que, con la excusa de la “transición verde”, provoque daños ambientales y violaciones de derechos humanos y colectivos. En fin, abre la puerta a una amplia variedad de desafíos para trabajar por la justicia climática.
Para Manos Unidas significa una victoria de los pueblos y de la sociedad civil global. Y supone una nueva oportunidad para seguir acompañando a comunidades vulnerables o afectadas por el cambio climático o por las consecuencias de la transición energética. Asimismo, confirma la importancia del trabajo que venimos realizando los últimos años sobre justicia climática, impactos del extractivismo, diligencia debida de las empresas, acuerdos sobre empresas y derechos humanos, etc.
Pero, además, tenemos más motivos para la esperanza. Apuntamos brevemente 5 buenas noticias que vivimos en Belém en estos días: