«¡La paz esté con ustedes!»

Mensaje del papa León XIV para la Jornada Mundial de la Paz.

Foto: kieutruongphoto

Con motivo de la Jornada Mundial de la Paz y en un mundo marcado por la escalada de conflictos, el aumento del gasto militar y la normalización del miedo, el papa León XIV ha lanzado un mensaje claro y a contracorriente: la paz no se impone por la fuerza, se construye desarmando corazones, conciencias y relaciones.

El papa León XIV inicia su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz con un saludo que no es formal ni retórico: «La paz esté con ustedes». No se trata de una fórmula de cortesía, sino de una afirmación cargada de sentido, que presenta la paz como una realidad viva, capaz de habitar en las personas y de transformar desde dentro la historia.

Desde el comienzo, el pontífice aclara que la paz auténtica no se reduce a la ausencia de guerra ni al equilibrio entre fuerzas armadas:

La paz existe, quiere habitar en nosotros; tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”.

Es una presencia activa, que no se impone, sino que se acoge y se cuida, incluso en medio de la oscuridad.

Un mundo que normaliza la guerra

Desde este punto de partida, León XIV sitúa su reflexión en el contexto actual, marcado por la proliferación de conflictos armados, el aumento del gasto militar y la difusión de una cultura del miedo. Denuncia una lógica internacional basada en la disuasión y el rearme, sostenida por intereses económicos y por el uso de nuevas tecnologías —incluida la inteligencia artificial— en el ámbito militar, que diluyen la responsabilidad moral sobre la vida humana.

El papa advierte del riesgo de considerar la paz como algo lejano e irreal:

Cuando tratamos la paz como un ideal distante, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. Pareciera que faltan las ideas justas, las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca.

Cuando la paz deja de percibirse como una realidad concreta, la agresividad se normaliza y se extiende:

Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra.

Una paz «desarmada y desarmante»

Frente a esta mentalidad, el papa propone una paz «desarmada y desarmante». Desarmada, porque no responde a la violencia con más violencia. Desarmante, porque cuestiona los mecanismos de dominio, miedo y exclusión que sostienen los conflictos.

Esta paz se apoya en la justicia, el diálogo, la confianza y el reconocimiento de la dignidad de toda persona, especialmente de quienes sufren con mayor crudeza las consecuencias de la guerra. El papa recuerda que la fragilidad no es una debilidad, sino una fuerza capaz de transformar prioridades y modelos que sacrifican vidas humanas en nombre de la seguridad o del progreso.

En esta línea, León XIV retoma la enseñanza de san Juan XXIII y su llamada a un desarme integral que alcance las conciencias:

Ni el cese de la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni el desarme general son posibles si no llegan hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra.

Religiones y política: responsabilidades inseparables

El mensaje subraya el papel de las religiones como artífices de encuentro y no como instrumentos de confrontación. El papa alerta contra el uso de la fe para justificar nacionalismos excluyentes o violencias armadas, y recuerda una de sus responsabilidades fundamentales:

Un servicio esencial que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas.

Al mismo tiempo, León XIV insiste en que la dimensión espiritual no sustituye la responsabilidad política. La paz requiere diplomacia, mediación, respeto al derecho internacional y el fortalecimiento de las instituciones multilaterales. Sin justicia y sin acuerdos respetados, no puede haber una paz auténtica ni duradera.

No rendirse al fatalismo

El papa concluye su mensaje con una llamada clara a resistir la tentación del fatalismo y la resignación. La desesperanza, advierte, paraliza y deshumaniza. Frente a ella, invita a sostener iniciativas sociales, culturales y políticas que mantengan viva la esperanza y fomenten la participación no violenta.

La paz —recuerda— no es una utopía inalcanzable, sino una elección cotidiana, silenciosa y perseverante:

La paz no se impone, no se fabrica, no se decreta: se construye con paciencia, día a día, desarmando los corazones, las conciencias y las relaciones.

Un camino que comienza en cada persona, pero que exige un compromiso colectivo para transformar un mundo profundamente herido.

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