Pascale Nicolas, hermana Carmelita Misionera en Camerún.
La vocación de Pascale Nicolas, hermana Carmelita Misionera, la llevó muy lejos de su lugar de origen, Bélgica, hasta Camerún. Allí acompaña a personas enfermas en contextos de extrema vulnerabilidad. Su día a día transcurre entre hospitales, heridas que no siempre cicatrizan y vidas marcadas por la pobreza, la falta de acceso a la salud y el sufrimiento.
En esta entrevista, Pascale comparte su realidad como sanitaria en Camerún, su trabajo junto a las comunidades más frágiles y el camino personal que la llevó a dedicar su vida a acompañar a quienes más lo necesitan.
Para empezar, ¿cuándo sentiste que tu vocación estaba ligada a África?
A los 15 años sentí una llamada, como si Dios quisiera revelarme algo en África, y tuve la intuición de que tenía que tocar a la puerta de las hermanas Carmelitas Misioneras que había allí.
¿Cómo fue tu camino de formación y entrada en la congregación?
Empecé estudiando medicina y luego me reorienté hacia enfermería. Más tarde entré en las Carmelitas Misioneras en África.
¿Podrías hablarnos de la labor de las hermanas Carmelitas Misioneras en Camerún?
Nosotras atendemos sobre todo a antiguos enfermos de lepra, a tuberculosos multirresistentes y a personas con todo tipo de heridas.
¿Qué tipo de enfermedades y situaciones son más frecuentes entre las personas a las que atendéis?
Muchas de estas heridas son consecuencia de accidentes de tráfico, que son muy frecuentes en Camerún, y todo esto agrava la situación hasta acabar, en muchos casos, en amputaciones. También hay muchos diabéticos por la alimentación: toman muchísimo azúcar y, con el clima, la humedad, el calor, el polvo y la suciedad que hay, muchas heridas acaban en gangrenas diabéticas.
¿Cómo es el acceso a la atención médica en el país?
La atención médica, desde mi punto de vista, no es buena y resulta bastante cara en comparación con los salarios, por lo que no es fácil acceder a ella.
¿Has vivido situaciones especialmente duras en tu trabajo diario?
En una ocasión teníamos en el hospital a tres jóvenes de 20 años a los que les pagamos prótesis que costaban casi 5.000 euros, con un resultado fatal. Ninguno de ellos podía llevar su prótesis porque pesaba mucho, estaba mal hecha, les hacía daño y no servía.
¿Recuerdas algún momento que marcara especialmente tu decisión?
Les pedí si podía hacer algún trabajo en el hospital, si podía asistir a un parto, ya que nunca había visto uno y me hacía mucha ilusión. Me dijeron que sí, y se trataba de una joven de 13 años. Su cadera no estaba preparada y no se podía hacer una cesárea. Fue muy duro y finalmente pudo expulsar al niño, pero nació muerto.
¿Qué ocurrió después de ese momento?
La niña, agotadísima, empezó a llorar. Yo la cogí en mis brazos, llorando también, y me di cuenta de que había algo que nos unía mucho más allá de la diferencia de edad, de cultura o de color. Hay un mismo lenguaje: el lenguaje del amor y de la humanidad. Fue entonces cuando me decidí y me dije que eso era lo que quería hacer: tocar el sufrimiento y acompañar.
¿Qué papel ha tenido Manos Unidas en vuestro trabajo en Camerún?
Manos Unidas nos ha ayudado en todas nuestras misiones; ya nos había apoyado en la leprosería y también en el proyecto del centro de prótesis, cuyo edificio principal es de Manos Unidas, que nos respaldó desde el inicio de este proyecto.
