Resumen de la homilía con motivo de la Jornada Nacional de Manos Unidas.
El pasado domingo 8 de febrero, en la eucaristía celebrada en Madrid con motivo de la Jornada Nacional de Manos Unidas, el cardenal José Cobo invitó a los fieles a mirar de frente dos realidades profundamente conectadas: la guerra y el hambre.
Haciendo alusión al lema de la campaña de la ONG de la Iglesia católica, que se desarrolla bajo el lema «Declara la guerra al hambre», el arzobispo de Madrid recordó que el hambre no es un destino inevitable, sino una realidad provocada por causas humanas y, por tanto, solucionable con compromiso y acción colectiva.
En un contexto global marcado por más de medio centenar de conflictos armados, subrayó que cada guerra genera pobreza, destrucción e inseguridad alimentaria.
Cada guerra es una fábrica de destrucción, pobreza y hambre. Sacarlas del anonimato es también despertar en nosotros el deseo que Dios ha puesto: deseo de paz, un deseo que habita el corazón de Dios y el de todo ser humano de buena voluntad. Será hoy buen momento de escuchar ese anhelo de paz que brota de nuestro corazón.
La paz no es solo ausencia de guerra. Es justicia, fraternidad, armonía social; es abrir caminos de desarrollo y esperanza para los pueblos.
Combatir el hambre no es solo repartir alimentos. Es defender la dignidad humana. No hablamos de gestos puntuales ni de campañas que duran un día que tranquilizan la conciencia, sino de tocar la carne herida de Cristo que está en los pobres que padecen los efectos de la injusticia y la violencia. Hablamos de justicia, de fraternidad, de ponernos en camino hacia el proyecto de Dios para la humanidad, a su manera y con sus armas.
Inspirándose en el Evangelio y en el mensaje que el papa León dirigió a la FAO el pasado mes de octubre («El silencio de los que se mueren de hambre grita en la conciencia de todos. No podemos seguir así, ya que el hambre no es el destino del ser humano, sino su perdición. Nadie puede quedarse al margen de esta lucha; esta batalla, esta guerra, es de todos»), hizo un llamamiento a toda la sociedad —y especialmente a los cristianos— a implicarse activamente: denunciando estructuras injustas, apoyando proyectos de desarrollo, luchando contra la indiferencia y visibilizando tanto el hambre lejana como la cercana.
«Declarar la guerra al hambre» no es, no puede ser, por tanto, un enunciado retórico, ni unas palabras hermosas. Debe ser para toda persona, pero de un modo particular para nosotros, seguidores de Jesús, una toma de postura ética, humana y cristiana al estilo del Evangelio.
Recordando las palabras de Jesús, «vosotros sois la sal de la tierra» y «la luz del mundo», el prelado animó a los creyentes a transformar la realidad a través del amor, la fraternidad y el servicio a los más vulnerables, poniendo en el centro a quienes más sufren.
Todos podemos implicarnos más: en nuestro entorno, en nuestra profesión, revisando nuestra manera de pensar, de vivir y hasta de rezar.
Todos podemos implicarnos más. Podemos hacerlo denunciando estructuras injustas, con gestos sencillos de ayuda, o colaborando en procesos de desarrollo como los que impulsa Manos Unidas junto a las comunidades más pobres
Podemos implicarnos un poco más luchando contra la indiferencia, porque la indiferencia es una forma silenciosa de violencia contra quienes pasan hambre. Todos podemos implicarnos más sacando de la invisibilidad el hambre lejana y cercana.
La batalla evangélica nos da unos ojos nuevos y nos hace mirar la pobreza cercana y la lejana. También muy cerca de nosotros hay familias que viven bajo el umbral de la pobreza extrema, a las que no podemos cerrar los ojos y mirar para otro lado, o pasar de largo sin dejarnos compadecer como en la parábola del samaritano.
Todo esto a veces nos desborda. La magnitud del problema puede robarnos la esperanza y pensar que no hay remedio, que el sueño de Dios no se realizará. Pero hay una certeza que sostiene nuestra fe: Dios no quiere el hambre. La dignidad humana es la causa de Dios. Dios pasa hambre con los hambrientos y se mueve para sacar adelante a sus hijos.
En su homilía, monseñor Cobo recalcó que la invitación de Manos Unidas a declarar la guerra al hambre es una llamada ética, humana y espiritual a trabajar por un mundo más justo, donde apoyar la lucha contra el hambre sea también una forma concreta de construir la paz.
Apoyar a quienes luchan contra el hambre es una forma concreta de construir paz. Gracias, Manos UnidaS. Gracias a todos vosotros. Gracias a tantas parroquias y comunidades que trabajáis por esta causa. Gracias a los que nos abren los ojos ante esta realidad.